Cada año, desde que se acerca noviembre, Quito empieza a llenarse de miradas que piden ayuda. La ciudad acelera y en medio del trajín hay rostros cansados, manos temblorosas, niños en brazos. Desde mediados de octubre, las calles, los semáforos y los mercados se vuelven un refugio forzado para quienes no encuentran otra forma de sobrevivir. Y mientras muchos se conmueven y entregan una moneda, pocos saben lo que realmente hay detrás de esas escenas: pobreza extrema, rupturas familiares, migración, explotación y un sistema que a fines de año se vuelve más cruel con quienes menos tienen.
¿Por qué la mendicidad en Quito no debe pasar por alto?
Lo que se ve en las calles no es casual ni pasajero: la mendicidad en Quito aumenta desde la tercera semana de octubre, se intensifica en las Fiestas de Quito y explota en diciembre, por las fiestas navideñas. Ese incremento revela un fenómeno que afecta a toda la ciudad -desde la seguridad en espacios públicos hasta el uso de niños para obtener dinero- y pone a los ciudadanos frente a un dilema: ayudar y convertirse, sin quererlo, en parte de un problema.
Cuatro historias atravesadas por la mendicidad en Quito
Encarnación camina con hambre desde La Pulida hasta San Blas
Encarnación B. tiene 65 años y este 5 de noviembre avanzaba despacio por San Blas, como si cada paso le doliera. Se acercó a una panadería y de inmediato recibió un molde de pan. Apretó la bolsa con la misma fuerza con la que intenta sostener su vida diaria. “Me siento mal” reconoce porque su vista está fallando. No puede pagar una consulta ni medicinas. Su esposo murió hace años por el alcohol, y sus tres hijos también tienen problemas de consumo. Encarnación vive en La Pulida con una de sus hijas, pero no se queda quieta. “No tengo nada” repite una y otras vez. Esto la empuja a bajar al centro, buscando ayuda en iglesias y negocios. De la iglesia de Santa Clara recibe asistencia cada tres o cuatro meses.
Alison huyó de Colombia y terminó en las calles de Quito
En la avenida 10 de Agosto, a una cuadra de la Prefectura, Alison V., de 28 años, se sienta en la vereda con su hija de dos años en brazos y una funda de caramelos que intenta vender. Llegó desde Buenaventura, Colombia, donde las amenazas de Las FARC la obligaron a abandonar su vida. Viajó a lomo de mula, con su esposa y sus tres niñas, durante seis días hasta llegar a Tulcán, y luego a Quito.
Pero aquí la esperanza también se volvió cuesta arriba. No consigue empleo. Nadie contrata. Sus hijas de seis y cuatro años no van a la escuela y pasan hambre. La familia duerme en un cuarto de USD 10 en Santo Domingo. Junto con su esposa reúnen hasta ocho o 10 dólares para alimentarse. Lo único que conocen es Acnur; no saben a qué institución pedir ayuda, ni dónde empezar de nuevo.
Encarnación, Alison, Romualdo y Luchito no tienen satisfechas sus necesidades básicas.
Romualdo vive con bono de 100 y libra de arroz para tres días
Frente al Hospital Eugenio Espejo, Romualdo C. se mueve con un bastón, pero el dolor en su columna lo vence. Tiene casi 80 años y movilizarse se volvió una tortura. Una calle le separa del centro de salud, pero eso no le garantiza atención médica: no logra sacar una cita; le piden hacerlo por celular y no puede.
Romualdo no pide caridad. Vive con un bono de 100 dólares que le alcanza para pagar el cuarto donde duerme. Hace cinco años dejó de vender en la calle. Hoy, su alimentación depende de lo que alcanza: una libra de arroz para tres días; carne solo una vez a la semana. No tiene familia, una red de apoyo. No tiene más que su bastón. “Si uno no tiene plata no hay amigos, no hay nada”.
La vida de Luchito en un semáforo, sin cédula y sin voz
En el sur de Quito, frente al Quicentro Sur y junto a la parada del Trole, todos lo conocen como Luchito. No tiene cédula; nadie sabe su apellido ni su edad exacta. Habla poco, casi nada. Tiene una discapacidad física y problemas de lenguaje que hacen difícil mantener una conversación.
Está ahí todos los días, de domingo a domingo, entre las 10:00 y las 19:00. Sobrevive de lo que la gente le da. Una familia en la ciudadela El Ejército lo acoge por caridad, pero no tiene ingreso, ni atención médica estable, ni un servicio público que lo acompañe. Su rutina es la misma: llega, se queda en la misma esquina, recibe lo que pueda, regresa con ayuda. Y así cada día.
Las ciudades y barrios de Quito de donde salen
Detrás de cada historia hay patrones que se repiten: pobreza extrema, migración forzada, falta de redes, precariedad laboral y territorios expulsores. Entre ellos: Machachi, Latacunga, Pujilí, Riobamba, Guano, Zumbagua y Esmeraldas.
En Quito salen, por ejemplo, de La Ecuatoriana, Manuelita Sáenz, Santos Pamba, Guamaní Alto, Caupicho, El Troje, Ferroviaria, San Martín, Chilibulo y Chillogallo. A ellos se suman extranjeros, que se ubican en semáforos para limpiar parabrisas, cuidan autos, venden dulces o trabajan por pagos mínimos en oficios esporádicos.
La mendicidad en Quito tiene espacios claros donde la gente se instala porque el flujo de personas permite conseguir algo para sobrevivir. Se trata de los mercados, las ferias y el centro. Reúnen entre 15 y 25 dólares al día, tres o cuatro veces por semana, en jornadas que van de 6 a 10 horas. Otros trabajan apenas dos a cuatro horas, explica David Flores, de la Corporación Ayuda para la Autoayuda.
La mayoría de familias que recurren a la mendicidad-agrega- viven con 40 a 50 dólares al mes para todo el hogar. Muchos de ellos viven en cuartos de hasta 10 dólares al mes en el centro o sur. Viven en hacinamiento y sin acceso real a educación, salud o empleo.
En las noches, personal de Caritas entrega tarrinas de comida a las personas que llegan al sector de la Basílica, en el Centro Histórico de Quito.
¿De dónde llega la ayuda en Quito?
La atención a personas en mendicidad en Quito es un entramado frágil, sostenido por instituciones privadas, organizaciones sociales, parroquias, iglesia, Patronato San José y familias solidarias. En el Centro Histórico, por ejemplo, Cáritas alimenta cada noche a personas que duermen cerca de la Basílica. El Programa de Erradicación Progresiva de la Mendicidad no lo ejecuta directamente el Estado, sino organizaciones social bajo convenio con el Ministerio de Desarrollo Humano (antiguo MIES).
En Quito estas tres instituciones llevan adelante este proyecto:
Sur: Corporación de Ayuda para la Autoayuda
Centro: Fundación Mandaluz
Norte: Fundación Nakuna
Cada institución atiende hasta 80 personas de forma directa, pero detrás hay tres a cuatro personas de su entorno familiar. Aunque solo pueden atender a este número, los técnicos identifican muchos más durante las campañas intensivas de noviembre y diciembre. Los nuevos casos que identifican tienen dos caminos: retornar a su localidad de origen o entra a una lista de espera para el siguiente año.
Plan de apoyo familiar de 18 meses
En el caso de las 80 personas a cargo de la Corporación Ayuda para la Autoayuda, David Flores explica que durante 18 meses reciben apoyo psicológico, educativo, asesoría legal, visitas domiciliares, promoción de derechos. También se articula la ayuda con otras instituciones.
Entregan kit de alimentos cada dos meses y los niños reciben kit escolar. Y con autogestión amplían la ayuda para que se beneficien de ropa, pañales, medicinas, exámenes médicos.
Durante el año y medio se sigue un plan de apoyo familiar, que se evalúa cada tres meses. Una vez terminado los 18 meses salen del programa, aunque no hayan alcanzado plena autonomía. Flores específica estos resultados:
5% supera totalmente la situación.
60% mejora parcialmente.
35% no logra superar la problemática en ese tiempo.
Sin embargo siguen haciendo seguimiento y, si detectan recaídas, intentan articular nuevo apoyo o reingreso al programa.
Campañas de fin de año: el pico más alto de demanda
Cada noviembre y diciembre, estas instituciones liderados por el Ministerio participan en la campaña nacional: Derechos con dignidad, que consiste en:
Sensibilizaciones
Contenciones en territorios expulsores
Levantamiento de casos nuevos
Abordajes en mercados y semáforos
Registros y derivaciones
Desde 2019, el 10% de quienes ingresaron al programa, a través de la Corporación, ha reincidido. El resto de casos detectados son nuevos.
¿Cómo ayudar sin incentivar la mendicidad?
No entregar dinero en las calles: refuerza ciclos de explotación, trata infantil y dependencia.
Canalizar la ayuda a organizaciones que trabajan con personas en mendicidad.
Dar en especie, no en efectivo: alimentos, ropa en buen estado, kits de aseo.
Reportar casos con niños, adultos mayores o personas con discapacidad al ECU 911 o al Ministerio de Desarrollo Humano.
Apoyar programas de empleo y emprendimiento que permiten autonomía real.
Practicar empatía responsable: escuchar, orientar, no normalizar prácticas que vulneren derechos.
