El primer año de la Asamblea Nacional deja una fotografía política compleja, pero también reveladora del momento que vive el Ecuador. Los números muestran una institución mucho más activa que en otros periodos recientes: 24 leyes aprobadas, 143 sesiones del pleno y una mayoría legislativa capaz de sostener acuerdos en torno a la agenda del Gobierno.
En un país acostumbrado durante años a la confrontación permanente y al bloqueo político, esa capacidad de producir leyes no es un dato menor. La ciudadanía exige respuestas frente a problemas urgentes como la inseguridad, la desaceleración económica, la corrupción y las debilidades del sistema estatal. Desde esa perspectiva, la Asamblea avanzó en temas estancados.
‘En una democracia, la existencia de contrapesos es tan importante como la capacidad de gobernar’.
Parte importante de esa producción legislativa estuvo vinculada a proyectos económicos urgentes enviados por el Ejecutivo. Siete de nueve iniciativas fueron aprobadas y publicadas en el Registro Oficial. Allí aparecen normas relacionadas con seguridad, control de capitales, fortalecimiento crediticio, minería, energía y vivienda social. Son temas sensibles para un país que atraviesa una etapa de incertidumbre económica y violencia criminal.
Además, la construcción de mayorías legislativas mostró una dinámica política distinta a la fragmentación extrema de otros años. El oficialismo sumó apoyos de independientes, sectores del Partido Social Cristiano y legisladores separados de otras bancadas. Eso permitió darle viabilidad a una agenda parlamentaria que, al menos en términos operativos, logró mantener continuidad.
Sin embargo, el balance también deja señales de advertencia. Dos leyes emblemáticas impulsadas por el oficialismo fueron declaradas inconstitucionales por la Corte Constitucional: la Ley de Solidaridad Nacional y la Ley de Integridad Pública. La decisión evidencia que la rapidez legislativa no siempre garantiza solidez jurídica.
Pero incluso este episodio puede interpretarse desde dos dimensiones. Por un lado, revela posibles fallas en el proceso de construcción normativa y en la revisión constitucional previa. Por otro, demuestra que los mecanismos de control institucional siguen funcionando. En una democracia, la existencia de contrapesos es tan importante como la capacidad de gobernar.
También es relevante que el Legislativo haya priorizado áreas como seguridad, salud y lucha contra la corrupción. Son temas que conectan directamente con las preocupaciones ciudadanas. Sin embargo, el verdadero examen de la Asamblea no dependerá únicamente del número de leyes aprobadas, sino de su impacto concreto en la vida diaria de los ecuatorianos.
Después de un año, la Asamblea deja un balance mixto, aunque no necesariamente negativo. Hay mayor producción legislativa, una capacidad política más estable para construir mayorías y un intento de responder a problemas urgentes del país. Pero también persisten dudas sobre la calidad jurídica de ciertas normas y sobre la profundidad del debate parlamentario.
Quizá esa sea la principal conclusión de este primer año: el Ecuador enfrenta el desafío de construir instituciones eficientes sin sacrificar la solidez democrática.
