Ecuador todavía no termina de contar los daños por las lluvias de 2026 y ya mira con inquietud la posible llegada del fenómeno de El Niño. Entre el 1 de enero y el 18 de mayo, las lluvias dejaron 2 762 eventos adversos en 24 provincias. Los eventos más recurrentes: inundaciones, deslizamientos, precipitaciones intensas y erosión hídrica.
El saldo: 17 fallecidos, 13 787 personas afectadas, 19 347 damnificadas, 34 210 viviendas impactadas y 284 destruidas. Además, 61 puentes afectados, 33 destruidos y 69,52 km de vías dañadas. Las provincias más golpeadas siguen siendo Guayas, Los Ríos, Esmeraldas, El Oro, Manabí, Loja, Santa Elena y Pastaza.
La Costa es la región más vulnerable del país. Y ahora vuelve a surgir la palabra que marcó algunas de las peores tragedias climáticas del Ecuador: El Niño.
Los entes científicos aún muestran diferencias sobre la probabilidad y la magnitud del fenómeno. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (Noaa) elevó al 82% la posibilidad de que El Niño se forme entre mayo y julio. Y advirtió que podría alcanzar niveles muy fuertes.
En cambio, el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada (Inocar), que integra el Comité Erfen junto al Inamhi y la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos (Sngr), maneja proyecciones más conservadoras: entre 61% y 62% de probabilidad de evolución en el mismo período. Los técnicos ecuatorianos insisten en que esas cifras hablan de ocurrencia, no de intensidad. La magnitud final depende del comportamiento conjunto entre océano y atmósfera en el segundo semestre.
Sin embargo, el riesgo ya activó las alarmas institucionales. Este 18 de mayo de 2026, la Sngr declaró la alerta amarilla en 17 provincias, 143 cantones y 491 parroquias. Estas localidades son consideradas susceptibles a los efectos de El Niño, con base en los análisis técnicos del Comité Erfen.
La resolución obliga a municipios y prefecturas a activar los COE, actualizar planes de respuesta y reforzar la prevención frente a inundaciones, deslizamientos y otros eventos asociados. Y, de forma paralela, la respuesta humanitaria no para. Hasta el 18 de mayo, el Estado ha entregado 86 628 bienes de asistencia a la población afectada y hay 32 5140 familias atendidas.
El Estado reacciona. El problema es que lleva décadas reaccionando tarde. Las lluvias exponen las mismas debilidades: sistemas de drenaje insuficientes, expansión urbana desordenada, invasiones en zonas inundables, quebradas ocupadas y obras de mitigación inconclusas. Después llegan emergencias más fuertes, las promesas y los recorridos oficiales entre calles anegadas. Luego el agua baja y gran parte de las soluciones vuelve a quedarse en el papel.
Por eso el posible retorno de El Niño no solo representa una amenaza climática. También puede convertirse en la prueba política más dura para alcaldes, prefectos y concejales que buscarán la reelección en las elecciones seccionales del 29 de noviembre de 2026 para mantenerse en el poder.
La ciudadanía ya no evaluará únicamente discursos o campañas digitales. Evaluará capacidad de respuesta, prevención y gestión real en el territorio.
En Quito y Cuenca, por ejemplo, Pabel Muñoz y Cristian Zamora llegan a este escenario con la posibilidad constitucional de la reelección. Ambos tendrían que defender sus administraciones en medio de posibles eventos extremos. Pero también frente a una ciudadanía cada vez más sensible ante la gestión territorial y la capacidad de reacción ante emergencias.
El caso de Guayaquil refleja una situación más compleja. La ciudad más poblada y una de las más vulnerables a inundaciones enfrenta esta coyuntura bajo una administración marcada por la inestabilidad política. La vicealcaldesa Tatiana Coronel ejerce como alcaldesa subrogante desde que Aquiles Álvarez fue a prisión preventiva, dentro de tres procesos penales simultáneos. No existe una acefalía formal, pero sí una evidente discontinuidad de liderazgo.
Guayaquil afronta la amenaza de un posible Niño fuerte mientras su alcalde electo está recluido y el proceso de remoción avanza en el Concejo Municipal. Coronel deberá conducir la respuesta institucional sin el respaldo de un mandato propio y en una ciudad que arrastra problemas históricos de drenaje, asentamientos en zonas de riesgo y vulnerabilidad estructural frente a lluvias intensas.
Si las precipitaciones desbordan otra vez a Guayaquil, la discusión no girará solo alrededor de la infraestructura. También aparecerá el debate sobre su gobernabilidad.
Además, los científicos advierten un escenario más delicado para ciudades costeras. El Niño no solo incrementa lluvias. También debilita vientos alisios y eleva la temperatura del océano Pacífico. Esto provoca un aumento sostenido del nivel del mar durante varios meses.
Ese fenómeno genera una especie de doble golpe: lluvias intensas que, al mismo tiempo, enfrentan mareas más altas y menor capacidad natural de drenaje. En un país donde amplios sectores urbanos crecieron sin planificación adecuada, esa combinación puede amplificar inundaciones.
Por eso esta discusión no debería centrarse únicamente en si llegará un Niño ‘moderado’, ‘fuerte’ o ‘súper’. El debate de fondo consiste en determinar cuánto aprendió Ecuador después de décadas de tragedias repetidas en 1972-1973, 1982-1983 y 1997-1998.
El Niño todavía no llega oficialmente. Pero los síntomas ya están sobre la mesa: 2 762 eventos adversos por lluvias, una alerta amarilla declarada el 18 de mayo y un Pacífico que se calienta.
Resolucion-Nro.-SNGR-117-2026 de alerta amarilla El NiñoDescarga
A seis meses de que la ciudadanía vaya a las urnas, Ecuador no llega a esta coyuntura sin advertencias. Registra tragedias previas, en las que la atención llegó tarde y cuando el agua ya subió. Si vuelve a ocurrir, ya no habrá forma de llamarlo solamente desastre natural…
