Jafar Panahi no es solo uno de los cineastas más importantes de Irán, es, desde hace más de dos décadas, uno de los símbolos más claros de lo que significa hacer cine bajo presión política constante.
Desde The White Balloon en 1995 hasta obras fundamentales como The Circle, Offside, This Is Not a Film, Taxi o No Bears, su trayectoria ha estado marcada por una confrontación directa con la censura estatal.
En 2010 fue arrestado, condenado a seis años de prisión y a una prohibición de veinte años para dirigir, escribir guiones, conceder entrevistas o salir del país.
Pasó temporadas en la cárcel, enfrentó arrestos domiciliarios y restricciones severas. Sin embargo, lejos de silenciarlo, esas limitaciones redefinieron su método.
Filmó en apartamentos, dentro de taxis, en espacios mínimos, con equipos reducidos, convirtiendo la imposibilidad en lenguaje cinematográfico.
Su obra reciente, «It Was Just an Accident», se inscribe en esa continuidad: una película que dialoga con la brutalidad del poder, pero también con la persistencia del artista.

Jafar Panahi es el director de «It Was Just an Accident». En la imagen, durante su presencia en el Festival de Cannes, el 21 de mayo de 2025.SCOTT A GARFITT/invision/ap
Cuando conversé con Panahi sobre esta nueva película, lo primero que me sorprendió fue su serenidad.
No habla como alguien que se considera víctima. Habla como alguien que tomó una decisión hace tiempo y simplemente la está sosteniendo.
Le pregunté por sus influencias, buscando entender cómo se forma una mirada así. Mencionó el neorrealismo italiano sin vacilar. Ladrón de bicicletas fue una referencia crucial. No tanto por su estética como por su estructura moral. Ese gesto que se repite, esa injusticia que se transmite de una persona a otra. “Ese ciclo en el que algo que le ocurre a un personaje termina siendo repetido por él mismo”, explicó. En su cine, esa repetición no es solo narrativa; es social, política, histórica.
Pero el momento que definió la conversación ocurrió cuando una periodista le preguntó cómo resistir en contextos autoritarios. La pregunta venía desde Georgia, un país que atraviesa tensiones políticas profundas.
La respuesta de Panahi fue contundente y, al mismo tiempo, humilde. “No existe una fórmula que sirva para todos”, dijo.
Cada país debe encontrar su propio camino. Cada artista debe comenzar por una pregunta interna: ¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo lo estoy haciendo?
Después trazó una línea divisoria que todavía resuena. “Solo hay dos tipos de cineastas”, afirmó. El primero hace películas según lo que el público quiere ver. Observa la demanda y produce en consecuencia. El segundo hace la película que desea hacer y espera que el público lo encuentre.
“El noventa y cinco por ciento pertenece al primer grupo. Solo un cinco por ciento al segundo”. No lo dijo con superioridad. Lo dijo como quien describe una estadística inevitable.
Elegir ese cinco por ciento tiene un costo. Panahi no lo romantiza. “El Estado puede impedirte trabajar. Puede hacer las cosas muy difíciles”, reconoció. Pero una vez que el artista acepta ese precio, añadió, los caminos empiezan a abrirse.
En un momento pronunció una frase que anoté de inmediato: “Los dictadores se cansan antes que los artistas”. No es una consigna vacía. Es una convicción nacida de la experiencia. Para Panahi, la creatividad es inagotable. La represión, en cambio, se erosiona con el tiempo.
Le pregunté cómo mantiene la mente clara después de arrestos, prohibiciones y años de restricciones. Su respuesta fue radical en su simplicidad. “Tengo una fe absoluta en el cine como arte”, me dijo. “Si me quitan mi trabajo, no tengo otra excusa para vivir”.
No era dramatismo. Era identidad. Para Panahi, el cine no es carrera. Es razón de existencia. “Cuando creo algo, siento que no fui creado en vano. Fui creado para crear”, añadió. Y, a sus sesenta y seis años, insiste en que sigue aprendiendo. “Nunca he pensado que ya terminé de aprender algo”.
Esa disposición a aprender fue clave cuando la censura se volvió total. Recordó que, durante un tiempo, aún podía filmar dentro del sistema, sorteando restricciones. Pero llegó un punto en que no hubo “tolerancia cero para cualquier idea contradictoria”. Entre 2006 y 2011 no pudo filmar. Fue un periodo de asfixia profesional y personal.
Sin embargo, incluso en ese silencio forzado, comenzó a buscar nuevas formas. Cada película, explicó, exige una solución distinta. No hay estrategia permanente contra la censura. Hay invención constante.
Uno de los aspectos que más me interesaba entender era cómo produce en esas condiciones. Su método es tan riguroso como arriesgado. En sus últimos seis filmes decidió no aceptar dinero externo hasta terminar la película. “No aceptaré ni un centavo hasta que la película esté finalizada”, explicó.
La razón es ética. Si la censura bloquea la exhibición, no quiere arrastrar a un coproductor a la pérdida. Prefiere asumir el riesgo solo.
En «It Was Just an Accident», el productor francés sabía que el proyecto existía, pero Panahi no aceptó financiación hasta finalizar el rodaje.
Solo entonces permitió apoyo para la postproducción. El presupuesto inicial lo cubrió con recursos propios y préstamos de amigos cercanos. Es una independencia que protege la obra, pero que también aísla.
Al preguntarle cómo reaccionan los públicos ante la película, especialmente en países donde el abuso de poder es una realidad, su respuesta fue reveladora. Descubrió que la conexión no se limita a contextos autoritarios evidentes.
El público responde porque reconoce algo. Porque lo vivió en el pasado, lo vive ahora o teme vivirlo en el futuro. La película no funciona como simple entretenimiento. Funciona como espejo.
Incluso en países donde uno cree que la democracia está consolidada, advirtió, las autocracias crecen. “Siempre habrá autócratas”, dijo. Pero añadió con la misma firmeza: también siempre habrá artistas. Y los artistas no se doblan.
Escucharlo es comprender que su resistencia no es solo política. Es estética. Panahi rechaza la lógica de fabricar películas según demanda. Insiste en filmar lo que necesita filmar.
En una industria global dominada por algoritmos y métricas, su postura resulta casi anacrónica. Habla del cine como arte, no como contenido. Como necesidad, no como producto.

Cuando le pedí que mirara hacia atrás, a sus tres décadas de carrera, recordó sus días como estudiante obsesivo que se presentaba en rodajes para aprender más de lo exigido. Recordó la ansiedad de preguntarse si sus profesores se sentirían avergonzados por sus primeras películas.
Luego vino el reconocimiento internacional. Después, la confrontación abierta con el Estado. Arrestos. Prohibiciones. Restricciones de viaje. Y, aun así, nuevas películas.
Lo que más impresiona no es la lista de obstáculos. Es la coherencia. Panahi no habla como mártir. Habla como trabajador del cine. Como alguien que eligió pertenecer al cinco por ciento y aceptó las consecuencias.
It Was Just an Accident no es solo una historia sobre brutalidad y abuso de poder. Es también la prueba de que el cine puede existir incluso cuando el sistema intenta asfixiarlo.
Al terminar la conversación, me quedé pensando en algo que atravesó cada respuesta: la libertad, para Panahi, no es una condición otorgada. Es una decisión personal.
Él ya decidió hace mucho tiempo. Y mientras esa decisión permanezca intacta, seguirá filmando. No porque sea fácil. Sino porque, como él mismo dijo, sin el cine no tendría ninguna excusa para estar aquí.
